La justicia exige amor 2

El rostro que me mira y casi me sonríe de la foto que tengo frente a mí mientras escribo estas páginas es un rostro abierto, luminoso y sereno.

La frente inteligente, los ojos oscuros, con pupilas negras líquidas, que destacan como gemas en el rostro tímido y dulce, con una sonrisa apenas evocada.

“El acto supremo de justicia es necesariamente el acto supremo de amor si se trata de justicia verdadera y viceversa si se trata de amor genuino.”

Estas palabras de Rosario Livatino resuenan en mi mente. Palabras que son su credo. Y también su herencia: la justicia siempre pasa por el amor.

Queridos amigos, el otoño hace su entrada con una fecha que me es absolutamente imposible no recordar: el 21 de septiembre de 1990 falleció el juez Rosario Livatino. Yo, como saben, soy la biógrafa. He dedicado más de 20 años de mi vida a darlo a conocer con conferencias impartidas en universidades, artículos en periódicos y libros.

Uno, publicado recientemente en cuatro idiomas, se titula «Rosario Livatino – La justicia exige amor«.

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Un chico normal, que había respirado aire mafioso desde niño, pero el llamado a la justicia en él era más fuerte que cualquier otra cosa.

Su pasión por el deber estaba ligada a la certeza de que el mal y la injusticia están destinados a ser superados por el poder del bien y la verdad.

Un joven para quien el ideal valía más que su vida. Pero hoy más vivo que nunca…

Está escrito, de hecho, y no por casualidad: “Los que han conducido a muchos a la justicia, resplandecerán para siempre como estrellas” (Dan 12:3).

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