La herida de los no amados

 1908266_607114406049007_9018022808679426819_n«No me ama absolutamente ninguno…». «Me ha ido mal otra vez…». «Se ve que era la persona equivocada…». ¿Qué cosa significan frases de este tipo? ¿Cuántas veces las hemos escuchado decir con respecto a otras personas, y quizás cuántas veces las hemos dicho nosotros, o – si no las hemos dicho – cuántas veces las hemos pensado secretamente en nuestro corazón? ¿Qué significan? Son la señal de una vieja herida nunca cicatrizada y por esto aún dolorosa. Son las huellas de una necesidad de amor que con el transcurso de los años y de las experiencias nunca ha sido satisfecha.

Es una condición común a muchos.

Muchos de nosotros no se sienten comprendidos, sino abandonados, solos a pesar de no estar nunca realmente solos, no amados o amados de una forma equivocada o poco amados: en una experiencia afectiva no feliz, quizás vivida durante la infancia, que se ha enraizado profundamente influenciando todas las relaciones sucesivas.

Pensemos al caso de un muchacho que durante su infancia ha visto siempre a sus padres como personas distantes y poco afectivas, entonces no podemos sorprendernos si al crecer y al convertirse en un hombre buscará una pareja con las mismas características. Realmente este mecanismo no es un comportamiento consciente, sino la re-actuación de un modelo de afectividad aprendido durante la infancia. Un mecanismo inconsciente, que escava un surco normalmente muy profundo dentro del corazón.

La herida de los no amados parte desde muy lejos. Comienza desde aquel día – ¿te acuerdas ese día? – en el cual tu madre te dijo que llorar es “lo que hacen las lloronas” y tú, aún si perteneces al género femenino, no te lo puedes permitir: debes ser una dura, caramba, y enfrentar firmemente la vida.

Por lo tanto no te puedes permitir ninguna debilidad, ningún hundimiento, te debes hacer valer y abrirte un camino en la vida, y es por esto que ella te ha criado a ritmo de bofetones y de gritos en vez que de caricias y de abrazos. Aquellas caricias y aquellos abrazos que te harán falta por siempre.

Empieza aquella noche – ¿te acuerdas de aquella noche?- en la que tu padre no regresó a casa y las horas pasaban torturándote con una espera inútil, porque él no regresó y no regresará, ni esa noche ni nunca más, y tú no le podrás decir nunca más lo que soñabas decirle desde hace una infinidad de tiempo pero que pensabas hacerlo después porque no tenías tiempo para hacerlo, no, no había nunca el modo, ni el momento idóneo para hacerlo.  Y ahora hay un bloque de silencio en tu vida, que permanece por siempre pegado a tu alma, y no bastará un amor, no bastarán una o diez o cien mujeres que de adulto encontrarás para romper ese silencio que ha crecido día a día alrededor de tu corazón. Has dejado de hablar, pasas los días con los audífonos pegados a las orejas escuchando música, comunicas solamente lo esencial, y no esperas más nada de la vida, solamente una secuencia de deberes y de arrepentimientos, y no sabes lo que significa la palabra felicidad.

Los no amados – y muchos de nosotros lo somos o lo hemos sido – viven frecuentemente en una especie de purgatorio existencial, donde se expía no se sabe qué pecado, con la mirada dirigida al pasado, al que aún se está unido con pesadas cadenas. ¿Cómo se puede romper esta cárcel emotiva y psíquica?

Nuestro pasado, a fuerza de pensar en él, de darle vueltas mil veces, no regresa, y es una cosa positiva que no regrese, porque definitivamente, ya no existe, existen solamente las sombras que se proyectan en nuestro presente. Por consiguiente, ¿permanecemos legados a una sombra? ¿No sería mejor ir hacia la luz? La luz es nuestro presente, la vida de hoy es la única casa por habitar.

Nosotros no podemos restituir la vida al pasado, y no sería justo. Debemos comprender las experiencias de nuestra vida, analizarlas profundamente y no tener miedo de hacer resurgir los eventos dolorosos que nos han hecho daño, pero todo con el único objetivo de poder finalmente liberarnos, perdonándonos a nosotros mismos en primer lugar, y así recuperar nuevamente intacta nuestra facultad de amar y sobre todo de ser amados, de recibir amor y de reconocerlo.

Muchos se preguntan si será posible salir de las espirales del propio pasado. Sí, con la condición de romper el círculo. Tu padre no está desde hace muchos años, y también tu madre ha muerto, o es muy anciana, es frágil como una rama con una vejez un poco penosa, con sus ideas siempre fijas, siempre las mismas. ¿Qué más podrías decirle ahora? ¿Qué cosa podrías aún reprocharle? Quizás él – o ella – han recibido profundas heridas en sus vidas. ¿Lo habías pensado?

Y si ha sido exactamente así, ¿cómo habría podido darte lo que ni siquiera él o ella habían conocido, cómo podían actuar en modo diverso si a su vez no habían sido amados o habían sido amados del modo equivocado o poco, si el amor nunca había entrado realmente en sus vidas?  Piénsalo y perdona. Perdona y comprende. Perdona, y sigue adelante.

En el instante en el que cierras la puerta a tu pasado, perdonando a las personas que te han hecho sufrir, y perdonándote también a ti mismo por haberlo permitido, te sentirás listo para recibir el amor, que ya está presente en tu vida, pero que aún está envuelto en aquella sombra que está alrededor de tu corazón: lo abres y encuentras la luz y el calor que te hacen estar bien y que necesitas.

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